Dije que no quería una casa, dije que no podría vivir lejos de mi círculo, dije que no podría bajar esa cuesta en bici, dije que nunca saltaría en paracaídas, dije que no correría, dije que no aprendería inglés, dije que aguantaría, dije tantas cosas...
En ocasiones, como respuesta a circunstancias externas o bien por reflexiones vinculadas a nuestra evolución personal, se nos plantean la necesidad de tomar decisiones que suponen cambios drásticos en nuestra manera de pensar o actuar. A veces es algo consciente o dirigido, otras veces simplemente pasa como consecuencia de un aprendizaje o una nueva situación.
Somos animales de costumbres y tendemos a responder del mismo modo ante estímulos similares, pero a la vez tenemos capacidad para reaccionar de modo distinto al habitual, ya sea porque el entorno nos exige en ese momento respuestas distintas o bien porque somos nosotros mismos quienes lo exigimos.
Nuestra historia personal demuestra que como entes pensantes cambiamos y evolucionamos cada día. Cada nueva situación exige una respuesta específica que extraemos de nuestro interior tras remover, intuitiva o premeditadamente, nuestra experiencia y nuestra manera de pensar.
Podemos agarrarnos al tópico de que la gente no cambia, o mejor aún decir eso de "es que yo soy así, que le vamos a hacer", es una manera como otra cualquiera de no enfrentarse a los cambios.
Lo único que puede hacer que nos quedemos estancados es el miedo. Miedo a lo desconocido o a equivocarnos, miedo a la pérdida, a hacer daño, al fracaso, a ser juzgados, a la decepción o incluso a la soledad.
Por miedo nos disfrazamos de todo va bien, pero como buen truco lleva un punto de engaño, porque eludir las decisiones no hace que desaparezcan, simplemente las convierte en un problema.
No me gustan los problemas, pero también dije que no me gustaban los cambios...¿y tú que dijiste?