Aprendiz de todo

Interesada en cualquier forma de vida basada en el carbono que aporte sabiduría.

18 febrero 2011

7 - 3 = 4

Tengo vagos recuerdos sobre mi primera vez. Tenía 5 años, estaba en una granja escuela en Zamora y los monitores decidieron hacer una excursión campestre. Feliz y asilvestrada, decidí que el cachorro de gato con el que me había hermanado, se viniera conmigo en la mochila de la merienda. Cuando llegamos al lugar donde teníamos que dar cuenta a la pitanza, dejé salir al pobre minino, que debió de intuir a lo que me dedicaría en el futuro, porque puso pies en polvorosa. Le seguí hasta un talud que terminaba en una canalización abierta, donde el agua corría de manera torrencial. Ni corta ni perezosa, y con el objetivo salvar al gato naranja, me deslicé por la pendiente hasta que mis pies resbalaron con la tierra suelta. Apunto estuve de caer al torrente de agua, pero mi instinto hizo que me agarrase a una rama, con las uñas y dientes que debería haber tenido para la arriesgada misión. Mis monitores me rescataron del aprieto y del minino no volvimos a saber.

Sobre la segunda creía haber escrito ya, pero puede haber sido sólo producto de mi imaginación. Era el día de mi cumpleaños, allá por el año 2005. Puedo decir que no estaba en mi mejor día, por lo que salí a dar una vuelta en coche. Ya de vuelta, circulaba por el carril derecho de la autovía, cuando algo en el retrovisor llamó mi atención. Un coche se dirigía hacia mi a gran velocidad y dando bandazos, sólo pude sujetar el volante. El golpe llegó por el lateral izquierdo y todo comenzó a girar. Fueron 3 vueltas antes de poder controlarlo para terminar chocando contra la bionda. Hubo testigos, pero no matrícula, y el dueño del BMW se dio a la fuga con su coche oscuro, sin saber si mi maltrecho cuerpo había aguantado el impacto. Pero lo aguantó, y antes de acabar el día mis huesos descansaban en paz aunque mi alma siguiese revuelta.

Y vamos a por la tercera. Esta vez no tengo que acudir a los recuerdos, ya que aconteció hace apenas un mes, mientras disfrutaba de mi "semana de snow" en Andorra (una al año no hace daño). Me deslizaba por una pista azul y al dirigirme a una bifurcación algo me puso en alerta, aún sin retrovisor. Me giré y vi como un esquiador a 120 km/h, se abalanzaba hacia mi. Sólo me dio tiempo a hacerme bicho bola. Puse el brazo a modo de escudo, pensando que me esquivaría, pero un golpe mate resonó dentro de mi cuerpo. Antes de caer ya sabía que me había roto varias costillas. Después de caer ya sabía que el brazo había quedado maltrecho con el impacto, ya que al tratar de levantarlo para pedir ayuda, adquirió una posición no muy anatómica. Antes de que me bajasen al centro médico ya sabía que la cosa era seria, porque levantaron una carpa naranja, no pararon de hacerme el Glasgow de las películas, esperando a que llegase el médico con las drogas duras, para poder desplazarme. No me hace falta recordar para saber que intentaba sonreír y mantener la mirada, intentando transmitir que todo iba a ir bien.

Dicen que cuando vas a morir toda tu vida pasa por delante de tus ojos, de mi última experiencia sólo puedo decir que lo que pasó por delante de mis ojos fue un esquiador con una chaqueta negra.

Desde aquí doy las gracias a los personajes de estas tres escenas, digamos que vitales, menos al capullo del BMW oscuro y al de la chaqueta negra ;)

1 comentarios:

Enrique dijo...

Bicho malo nunca muere.
Así que infinito - 3 = infinito.
Mucho ánimo. Bueno, mucha suerte, xq ánimo y humor te sobran.
Entonces... Muchos bss